viernes, 12 de junio de 2009

Entre mochileros, espías y refugiados

Mae Sot es una encrucijada en la que se cruzan mochileros, espías, traficantes, refugiados e inmigrantes ilegales. Esta ciudad tailandesa de unos 120.000 habitantes se encuentra en la frontera con Birmania, rodeada de húmedas selvas y suaves colinas.
"Mae Sot tiene algo especial. No hay monumentos que visitar y el bosque tropical no es más espectacular que en otros sitios, pero desprende una energía difícil de explicar", me dijo en confidencia Hilary, una canadiense en sus sesenta en quien todavía se vislumbra el murmullo de una belleza cristalina y salvaje como un fiordo helado.
La ciudad, o el pueblo mejor dicho, tiene coquetas cafeterías donde los cooperantes de las ONG y los profesores de inglés se reúnen para hablar, beber o escribir en sus diarios. Solidarios con los inmigrantes y refugiados birmanos. Aventureros con portátiles o vagabundos con Visa Oro.
Los mochileros utilizan Mae Sot para pasar la frontera birmana, en cuyo flanco sólo pueden permanecer un día, y obtener 15 días más de visado. También es destino de miles de refugiados que huyen de la represión y los conflictos armados en su Birmania natal.
Se trata del caldo de cultivo perfecto para un espía. En el albergue, todos sospechábamos en broma que Tom, un profesor voluntario de inglés, pertenecía a la CIA. Tom lleva gafas de intelectual y es enjuto y robusto como una espiga de trigo. Es agradable y parece inofensivo. Así deberían ser los espías; no atractivos y elegantes James Bond.
Birmania envía muchos espías a Mae Sot. Curiosamente, los generales birmanos son ahora aliados de los norcoreanos. Supongo que a los regímenes totalitarios siempre se les ha dado bien las conspiraciones y las aventuras de espías. Infamias románticas. Aunque Occidente también tiene varias en su colección.
Uno piensa que sonreir y sufrir son antagónicos, pero en Mae Sot he descubierto que no es así. Los que más ejercitan uno y padecen el otro son los refugiados y los inmigrantes sin papeles, que en el fondo también son refugiados humanitarios. De mi visita al poblado de inmigrantes birmanos en el vertedero y en el campo de refugiados recuerdo las sonrias. Las sonoras risas de niños y adultos. El gozo de ver a dos blancos grabando sus quehaceres diarios.
Nada diferencia a los niños que juegan entre los desperdicios y los vahos infectos del basurero de los que saltan en los columpios de un parque de atracciones. Sin embargo, sentí escrúpulos al acariciar a un pequeño de unos siete años que reía de oreja a oreja al verse en la pantalla cámara digital. Su cabello raspaba como la estopa y desprendía un olor a plátano podrido.
No había juguetes en el campo de refugiados. Ni siquiera una pelota de plástico. Pero los niños reían y reían mientras nos cortejaban por los estrechos caminos embarrados que serpentean entre las chozas del campo. "Thank you, thank you", se despedía una pequeña de modales suaves. Parecía una pequeña amazona con el vestidito rojo y sus ojos profundos como la jungla.


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