viernes, 14 de mayo de 2010

En primera persona

Cuando la bala perforó el cerebro del general disidente Khattiya Sawasdipol, yo debía estar comiéndome una salchicha de pollo o comprando un cigarro de tabaco tailandés. Momentos antes estuve grabando con mi cámara al militar mientras hablaba con otros periodistas. Sus últimas palabras antes de caer por un disparo efectuado por un francotirador. Ahora se encuentra en coma profundo en el hospital. Más muerto que vivo.

Tras ingerir la golosa salchicha, me encendí el cigarro vicioso. Anochecía en el parque Lumpini de Bangkok, donde unos miles de manifestantes llevan atrincherados más de un mes. Primero escuché los disparos que venían de fuera, probablemente de los soldados. Luego los "camisas rojas", como se hacen llamar los manifestantes, comenzaron a lanzar cohetes pirotécnicos. El olor a pólvora y violencia volvía a sumir el centro de Bangkok en un caos. Y los manifestantes han perdido a unos de principales benefactores, el general Khattiya.


Traté de salir del lugar escalando una valla del parque, pero alguien me advirtió de que era peligroso. "¡Nakhao, nakhao!" (¡periodista, periodista!), repetían. Un "camisa roja" se encomendó como mi protector. Con la banda sonora de los cohetes y los disparos, se arrodilló delante de mi, mientras apoyaba su mano en mi hombro. Tirado en el suelo, me sentí entre ridículo y protegido. 


Tras descargar el vídeo en la oficina, volví al lugar de los disturbios, en el centro de la metrópoli tailandesa. Los soldados se movían rápido, con sus escopetas de balas de goma y fusiles M16. A unos 200 metros, los manifestantes avasallaron dos camiones cisterna militares con cañones de agua. No podían contener su exaltación y júbilo ante la atrevida hazaña. Escoltaron a los aterrorizados soldados hasta fuera de su territorio. 


Al día siguiente -hoy-, pasé más de seis horas presenciando una batalla campal entre los soldados y los "camisas rojas". Los militares tiraron ráfagas de balas de goma. También con munición real. Los manifestantes disparaban con sus tirachinas y lanzaban cohetes. Yo aproveché las minitreguas que se concedían para correr de un frente al otro, bordeando las trincheras de sacos y alambres de espino. 


Contaba Ryszard Kapuscinski en su libro sobre la guerra de Angola, "Un día más con vida", que los corresponsales que viven los conflictos son los que menos información tienen. Él observaba con cierta envidia a los barcos fondeados en el horizonte, donde podían escuchar las últimas noticias. Aunque Kapuscinski preferió asumir las limitaciones y ventajas de poder contarlo en primera persona.


Internet y los móviles han resuelto, en parte, este inconveniente. Cada cierto tiempo, pude consultar los urgentes que me enviaba al móvil el diario tailandés The Nation. Un "camisa roja" muerto. Dos, tres. Decenas de heridos, tres de ellos periodistas.


Por el contrario, los rumores se contagiaban vertiginosamente en el campamento de los manifestantes en el distrito comercial de Bangkok. Las motos me pasaban como flechas, mientras los "camisas rojas" se resguardaban de los francotiradores, reales o no. Corrió la voz de que entraban los soldados. Mujeres con el miedo en los ojos pasaban junto a jóvenes con rabia desatada e indignación. 


Primero vi el humo verdoso. Unos manifestantes se tiraron sobre uno de los cabecillas para protegerlo con sus propios cuerpos. Otros corrían o se tiraban al suelo. Para ser gas lacrimógeno, no se me irritaron mucho los ojos. Ni rastro de militares. Su estrategia consiste en aislar las protestas, no cargar. Al menos, por el momento.


Mientras abandonaba el campamento, los "camisas rojas" rezaban. Una fila de monjes budistas con túnicas azafrán dirigían la oración desde el escenario. 


Tengo que admitir que no he observado el miedo en la mayoría de los transeúntes. Algunos grupos de tailandeses y turistas seguían las escaramuzas a cierta distancia. Me encontré a una linda joven alemana, de ascendencia egipcia, que grababa con su móvil a dos metros de los soldados disparando. Una aguerrida señora tailandesa, con su puesto ambulante, vendía café y té tailandés frente a una barricada de militares. Mientras me daba el té, soltó desafiante: "No tengo miedo, no tengo miedo".


   En los momentos más violentos, he sentido avalanchas de adrenalina, pero no susto ni pánico. No he sido consciente en que podía ser alcanzado por un disparo. Aunque llevan toda la razón del mundo, me molestan las miradas condescendientes de los periodistas de los medios consagrados. Mi cámara de aficionado tampoco ayuda, aunque tampoco necesito mucho más para grabar los violentos enfrentamientos. Tampoco tengo seguro médico. Pero esto es mejor no decirlo demasiado alto para no alarmar a mi familia.

2 comentarios:

Mina dijo...

A mi si me alarmaste! Te he pensado mucho, pero confío en tu sentido común.
Ya reconoces la diferencia entre el sonido de la pólvora de los fuegos artificiales y el de los disparos? el segundo es más seco, más corto, casi sin eco.
Te recomiendo el vinagre para contrarestar los efectos de los gases lacrimógenos (puedes llevar un paño impregnado en una bolsa)
Mi última recomendación es que estés muy atento a tus instintos ... cuando sientas peligro, no lo ignores.
Recibe un gran abrazo!
P.D. te confieso que a veces me da un poquito de envidia ... extraño una protesta, un "bochinche" como decimos en Venezuela. Take care!
Mina

Gaspar Canela dijo...

El "bochinche" tailandés pierde fuelle a medida que pasa el tiempo. En EFE se han asustado y prefieren que no me acerque donde los disturbios. Al menos, no donde pegan los tiros. Un abrazo muy fuerte.